viernes, 15 de febrero de 2013

El mismo barco, pero sin astrolabio

La semana pasada participé en el primer Congreso de Psicología Social Crítica, organizado por el Departamento de Psicología Social de la Universitat Autònoma de Barcelona, donde hace poco logré doctorarme. La verdad, me lo pasé muy divertido, sensación aparentemente histriónica para un Congreso, un evento cuyo nombre apela a la seriedad y, más habitualmente de lo aceptable, a lo aburrido, pero cuya razón de ser tiene más que ver con algo así como una especie de turismo académico. Académico, porque evidentemente es un espacio reservado a las personas relacionadas con la Universidad y la investigación; y turismo, porque hay un gran grueso de personas que acuden  desplazándose desde sus universidades residenciales, y la mayoría experimenta una especie de viaje epistemológico y festivo, fruto de la relación entre compañeros que hacían tiempo que no se veían, que se acaban de conocer, o que hablan en lenguajes, o con acentos, diferentes, y cuentan cosas hasta la fecha desconocidas o solo extrañas.

En este caso, me divertí mucho porque conocía a mucha gente pero, sobre todo, porque muchos temas o la manera de plantearlos me incitaron a participar en la conversación. He de confesar que esto me suele costar, pero probablemente la familiaridad del espacio ayudó. Hubo un título que me llamó la atención: "¿Qué (nos) está pasando en la Universidad?" Me inquietó especialmente la presencia de un pronombre en medio de esta pregunta tan vaga como vasta: ¿qué sucede en la Universidad para quién? Llegué tarde, pero entré al simposio. Tras la primera intervención que presencié me di cuenta que el quién estaba claro: el personal docente de departamentos de la mayoría de Ciencias Sociales, especialmente de psicología social. Lo que está sucediendo ya no estaba tan claro, pero sí que era visible que estaba relacionado con las condiciones laborales. Al parecer, se están estandarizando unas exigencias y un perfil profesional del docente muy relacionado con la rentabilidad de la producción científica de cada área. Además, también me dio la impresión de que las exigencias para conservar el puesto de trabajo tienen mucho que ver con una cierta manera de mirar a la Universidad como una institución dirigida por el vaivén de las tendencias de mercado y todo eso que ya más o menos sabemos. En todo caso, parece que se está pretendiendo adelgazar y precarizar la producción de conocimiento en general, pero particularmente en ciencias cuya aplicación mercantil no tiene tanto quorum. En definitiva, el simposio se convirtió en una especie de terapia de grupo, donde cada profesor contaba sus penas, sus frustraciones, las exageradas pérdidas o subiras de peso, dificultades salariales, sus estrategias para congeniar con los continuos conflictos ideológicos que les supone criticar un sistema del que no quieren (o no pueden) salir, y un largo etcétera de desencantos y situaciones paradójicas no deseables para un científico.

Yo, que me he formado en un oficio difícilmente desvinculable del ámbito universitario, ya hace tiempo que dejé de pensar en que lograré ejercerlo en España, y después de escuchar las batallas que mis compañeros mayores tratan de lidiar hoy en día, ni me apetece. Pero lo que me sorprendió fue que en las ponencias e intervenciones prácticamente no se pronunció la palabra alumno. Después de un eterno intercambio de deseperaciones, analgésicos, narcolépticos y tratamientos resignados, di un respingo cuando alguien llegó a plantear renunciar al trabajo como método de resistencia a las condiciones laborales y la lógica de producción de conocimiento que se está tratando de implementar desde hace tiempo, y especialmente con la aprobación de la LOU y la rúbrica de los procesos de convergencia universitaria europea (más conocido como plan Bolonia).

Hoy en día, miles de recién doctores como yo estamos deseando que muchos profesores renuncien a su trabajo para poder ocupar su puesto. Y lo que es peor, estamos dispuestos a hacerlo por condiciones mucho más precarias. Así que parece que no hay salida más que la devaluación del trabajo científico a no ser que, de una vez por todas (y así traté de transmitirlo en mi breve intervención casi al final del simposio), ese "nos" deje de referirse al colectivo del personal docente. Porque si "nos" pasara a ser toda la comunidad universitaria o, si se prefiere, de producción de conocimiento, con el foco puesto sobre el protagonista más vapuleado de la película: el alumnado, los planteamientos cambiarían radicalmente. ¿Cómo es posible que el oficio de profesor-investigador alcance el valor que parece merecer si en sus batallas olvidan sistemáticamente a la verdadera fuerza que da sentido a su oficio? y lo que es más grave, ¿cómo se pretende resistir o cambiar radicalmente un modelo que parece condenar la diversidad y que dificulta sustancialmente el acceso al conocimiento y la innovación pedagógica en tiempos en los que el alumnado, las nuevas generaciones aprendices, han desarrollado capacidades para aprender bajo metodologías heterogéneas, sin contar con su agencia? Me temo que la institución universitaria, la producción de conocimiento o, como se dice ahora, competencias, está condenada a su devaluación, precarización y, por su puesto, a su perversión, si no somos capaces de darnos cuenta que estamos en el mismo barco y podemos (y sabemos) mucho más que un ministro o veintisiente.

martes, 22 de enero de 2013

¿Cuándo?

¿Cómo hemos llegado a todo esto? Esta es la pregunta que todos tratamos de responder. ¿Cómo es que estamos camino de una situación política, social y económica similar a la que veíamos en los telediarios en referencia a los países que pertenecen a lo que muchos interlocutores trasnochados continúan llamando Tercer Mundo? La situación crítica que está viviendo España y Europa (sobre todo del Sur) recientemente está abriendo la caja de pandora del lado oscuro de nuestras banderas monocromos, tricolores, multicolores, rojigualdas, con barras, o con quince estrellas. Últimamente solemos oír, sin acostumbrarnos por ahora, noticias sobre sorprendentes gestiones nefastas e innumerables timos en el plano económico, brotes continuos de casos de corrupción política aquí y allá, con gaviotas, rosas, o símbolos autonómicos, sin prácticamente distinción. Desde hace tiempo ya, el sistema judicial español estaba bajo sospecha ciudadana, pero su eficacia se siente ya perdida debido a ciertos indultos escandalosos, procesos interesadamente eternos, corruptos no culpables, jueces expulsados de la carrera judicial por ir demasiado lejos en los métodos que autorizaron para demostrar la evidencia, presidentes del Consejo del Poder Judicial sin escrúpulos de gastos, y un largo etcétera de despropósitos que están haciendo crecer, sin cesar, un cabreo ciudadano monumental y una desconfianza crónica en todo lo que tiene relación con el poder y/o la dominación. Sobre todo, cuando nuestros Gobiernos no cesan en legislar y ejecutar medidas claramente ineficaces, en su mayoría escandalosas y algunas de ellas incomprensibles en política económica; restrictivas y represivas en cuanto a derechos; regresivas en lo educativo y lo social; y fraudulentas en la sanidad y en la fiscalidad.

Recientemente, cenando con unos amigos, uno de ellos lanzó unas preguntas que ya llevo unos meses escuchando. Creo que sus palabras más o menos fueron: "Veo noticias de burradas por todos lados, políticos corruptos e ineptos y no paran de sacarnos los ojos, ¿por qué no ocurre nada?, ¿por qué nadie se rebela?" Estas preguntas conllevaban unos toques de pesimismo y un puñado de zozobra. Entre los que formamos la gente de a pie (hay quienes nos llaman el 99%), crece y crece un ferviente deseo de un cambio radical, y no hace mucho que se disparó vertiginosamente este anhelo. Aunque hoy tenemos la sensación de que hemos cruzado el punto de inflexión de la indignación colectiva hace tiempo, recordemos que hace menos de dos años que aún pensábamos que esto era solo un bache. Y es precisamente el veloz ritmo en con el que se está impregnando nuestro país de desconfianza hacia lo que llaman "los políticos", lo que no es más que la personificación del poder institucional en cada rincón de España, el fenómeno que nos hace preguntarnos, en lugar de "¿por qué no pasa nada?", más bien, "¿cuándo comenzará el cambio?"

Durante las primeras décadas del siglo XX, especialmente durante los años veinte y treinta existían organizaciones populares, instituciones sindicales y partidos políticos que eran capaces de canalizar la voz de la clase obrera y de los campesinos, pero cerca de cuarenta años de dictadura franquista, alrededor de treinta de democracia insuficiente y veinte de construcción desigual de la Unión European después, las estructuras tradicionales de representación se presentan débiles, poco flexibles y, muchas de ellas, profundamente corrompidas. El amorfo movimiento ciudadano surgido a partir del quince de mayo de 2011 fue capaz de, si no de encender una revolución social, sí de mostrar, con cerca de un mes de detenida labor, el camino y las nuevas formas y vías de organización y comunicación, cuya institucionalización se parece más bien a una extitución. Es sobre la diversidad, sobre el valor de la conexión y el ingenio, la resistencia creativa o el debate sin complejos, la voz y el voto como única arma y el sentido común como método,... Es sobre estas nuevas maneras de entender las relaciones en lo político, donde se está sustentando el cambio de tendencias y son estas formas de ser y hacer desde las que, tarde o temprano, daremos un giro de quizás más de ciento ochenta grados en la manera en la que se organiza el poder en este país. Si hace más de un año y medio se evidenció el dislate de la relación entre las buenas ideas y las rancias maneras del dominio tradicional para tomarlas en cuenta (recordemos la manera en la que el Conseller catalán de Interior, Felip Puig, eligió para acercarse a los acampados), si el actual partido de gobierno en España parece no tener rival, o si su rival parece más bien un aliado, cuando no encontramos muchas plataformas en las que confiar, todo a punta en que este cambio no será pronto. Hacen falta discursos claros y horizontes alcanzables, pero sobre todo, es imprescindible canalizar la voz ciudadana, subvertir la toma de decisiones y no permitir que las buenas ideas sigan tapadas bajo el (no) saber hacer de la mediocridad política y mediática que domina cada cortijo este o aquel pueblo o nación de España.


miércoles, 9 de enero de 2013

Los tuertos

Calle de la Carrera del Escultor Estevez
El pasado mes de diciembre, en mi pueblo, La Orotava, se generó una polémica que sintetiza, a mi juicio, gran parte de las insuficiencias democráticas que están llevando a gran parte de los pueblos de España (al menos) al desconcierto político. Para muchos, esta polémica que trataré de resumir, puede parecer insignificante y hasta insulsa, pero detenidamente podemos ser capaces de identificar los principales rasgos de la insensatez que ha regido la política local de pueblos como el mío durante las últimas décadas. Desde luego, muchos de estos rasgos son también claramente visibles también en una infinidad de localidades canarias y más allá.

Vista del Valle de La Orotava coronado por El Teide
Mi pueblo tiene un casco histórico que es una de sus cartas de presentación más atractivas para el visitante y motivo de orgullo para la mayoría de los villeros. Muchos de sus inmuebles se conservan desde hace más de varios siglos, algunos son incluso considerados joyas de la arquitectura canaria. Sus calles suelen albergar las principales tradiciones locales y son ruta obligada del turista que visita la isla de Tenerife. A pesar de que su perímetro lleva también décadas dotándose de edificios cuyas magnitudes y estéticas van acorde con el tamaño de la burbuja inmobiliaria que ya lleva unos años desinflándose, el Casco conserva un aire de otra época. El verano pasado el Ayuntamiento, gobernado por un alcalde de 78 años, apoltronado en el puesto desde hace casi treinta años, y acusado de corrupto, decidió que sería conveniente cortar al tráfico indefinidamente su calle principal: Carrera del Escultor Estévez. Puso una valla amarilla y se dispuso para, cual experimento urbano o más bien entretenimiento con el ciudadano, ver qué pasaba. Siete meses después, decidió volverla abrir al tráfico rodado, después de las protestas de muchos comerciantes de la zona, afectados por el descenso en ventas.

Macro centros comerciales en el municipio
La controversia sobre la pertinencia del cierre al tráfico de esta calle se avivó desde el mismo momento en el que se tomó la primera decisión y la crispación se elevó a partir de la segunda. No obstante, por una parte, el descenso de las ventas, la pérdida de poder adquisitivo y el cierre de los comercios, lleva ya algunos años acelerándose a un ritmo cada vez más veloz. Por otra parte, la movilidad en el municipio es un asunto irresuelto desde hace décadas, con una orografía difícil y un transporte público vergonzoso. Y, por ambas, durante estas tres décadas de régimen esperpéntico de Coalición Canaria en el Ayuntamiento, jamás se ha diseñado ninguna clase de plan para incentivar el comercio local, ni iniciativa alguna por establecer un servicio público de transporte eficiente y asequible, ni ninguna propuesta para rentabilizar y socializar el rédito del potencial económico y turístico de tanto el entorno urbano, como rural y natural del municipio y la comarca. En cambio, las acciones más resaltables de esta Corporación tienen más que ver con la construcción de dos macro centros comerciales que ya sabíamos que acabaría con el comercio de los pueblos de su entorno, un plan de ordenación urbana que pretendía doblar la población acabando con el valor rural de unas de las tierras más fértiles de Canarias, tratar de construir una vía diagonal de tráfico rodado que deterioraría gran parte del casco histórico, el derribo de uno de los dos teatros del pueblo, la inauguración de una micro Universidad privada económicamente a la ciudadanía orotavense, la intención de urbanizar El Rincón, y un largo etcétera de disparates.

La cuestión, bajo mi punto de vista, no es si se debe o no cerrar una calle, ni cuántas decisiones estúpidas se han tomado o pretendido (paradas por la acción judicial o ciudadana), ni por qué tantos ciudadanos han seguido confiando en estos tuertos. El interrogante más interesante es por qué las decisiones son una exclusiva de un grupo concreto con carta blanca de cuatro en cuatro años. Miles de villeras y villeros serían capaces de dar soluciones interesantes e infinitamente más coherentes de las que han aportado hasta ahora los concejales gobernantes y la muchos de los opositores a la mayoría de las deficiencias del municipio. En cambio, el monopolio de los debates lo ostentan 21 miembros del Pleno municipal y las decisiones, poco más de la mitad. Cosas de la democracia insuficiente y anacrónica: los tuertos dominan, creando cada vez más ciegos, excluyendo a los tan solo bizcos y despreciando las visiones más genuinas.

martes, 11 de diciembre de 2012

Cambios

Durante los últimos siete años he estudiado en la Universitat Autónoma de Barcelona. Recuerdo que hubieron muchas cosas que me sorprendieron al llegar al Campus, procedente de una Facultad de Sociología, en la Universidad de La Laguna, que ocupaba un piso del edificio en el que, mayoritariamente, se daban clases de Derecho. Algunas de las cosas que me llamaron la atención fueron las pintas de los alumnos y la de los profesores, la diversidad de idiomas que se hablaba en el césped y en sus aulas, la cantidad de aulas de informática y, por supuesto, el constante olor a tabaco y marihuana que se solía respirar en sus pasillos y, especialmente en las cafeterías. El bar de la plaça cívica estaba constantemente lleno de humo y, singularmente, en los meses de invierno, aquello parecía una discoteca sin música (de la época del free smoke). Cuando aprobaron la primera ley anti-tabaco, recuerdo haber pensado: "por mucha ley que aprueben, aquí en la Universidad será imposible". Hoy es muy poco probable encontrarse a alguien fumando en los pasillos y hasta en la cafetería. Y para que este cambio ocurriera, no fue necesaria la presencia de ningún policía, ni la imposición de sanciones de ningún tipo, ni muchos carteles, ni tan siquiera la existencia de algún grupo anti-humo. Parece como si esa ley, poco a poco, funcionara sola.

Sin duda, este dato forma parte de esos intereses que la Psicología Social no debiera despistar. ¿Cómo es posible cambiar nuestros comportamientos y pareceres más rutinarios cuando ningún aparato represivo claro nos obliga o nos alienta? Desde luego, como a la hora de conducir un coche, la existencia de normas no basta. Los habitantes de la Universitat Autònoma de Barcelona no dejaron de humear la cafetería por la simple aprobación de una ley anti-tabaco. Por analogía, la existencia de la propiedad intelectual y de las numerosas campañas publicitarias y legislativas en contra del intercambio no autorizado de datos digitales, no impedirá su crecimiento y normalización. Tampoco una gran proporción de catalanas y catalanes que recién celebraron la Eurocopa de la Selección española de fútbol, o las medallas de los Juegos Olímpicos, no pasaron a declararse independentistas ni por una manifestación, ni por el aliento de un President que ha gestionado nefastamente Catalunya. Y mucho menos, la ciudadanía española ha dejado de confiar en las instituciones del país, en los políticos que las ocupan y los medios de comunicación y las clases dominantes que las exhortan porque disponga de mucho menos dinero en unos bancos de dudosa calificación.

Si durante las últimas décadas del siglo pasado el humo dominaba los espacios cerrados y los platós de televisión, las industrias del cine y la música acumulaba capitales alrededor de unas pocas corporaciones vendiendo discos, VHS, DVDs,... Si en el año 1992 l'Estadi Lluís Companys ovacionaba la entrada triunfal del príncipe Felipe como abanderado del equipo olímpico español. Y si en aquellos tiempos, cada 6 de diciembre era la fiesta de la Constitución, hoy, a pocas semanas de acabar el 2012 (y hasta el Mundo según Mel Gibson), todo esto suena a blanco y negro. Recientemente, el barómetro del CIS de noviembre ya destaca que hay una inmensa mayoría de personas en España que creen insuficiente el actual modelo democrático diseñado a partir de 1978 y más de la mitad no están satisfechas con la Constitución aprobada ese mismo año. Desde luego, cambios como estos, veloces, pero contundentes, no tienen su origen simplemente en uno, dos o veinte eventos concretos, ni en una lista ingeniosa de nuevas normas. Tal vez, cuando comienzan a haber razones, circunstancias, sensaciones, ganas, palabras y aparatos para cambiar, solo un empujoncito basta para dudar de la legitimidad y el decoro de lo normal, deseando nuevos escenarios donde actuar. Veremos en qué quedará la olla que hirvió el 15 de mayo de 2011 y que parece que, no muchos meses después, ya ha comenzado a pitar.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Hacer algo

Hace poco tuve una conversación con una amiga acerca de la Huelga General convocada en España para el 17 de noviembre. Alguien le preguntó si la secudaría y ella contestó que no. A todos los presentes nos sorprendió la virulencia con la que contestó y con la que expuso algunos argumentos. Uno de ellos era muy claro: "no servirá para nada." También otro era aún más contundente: "no puedo si quiero conservar el puesto de trabajo."

Al acabar la conversación comencé a sentir una consternación que ha ido in crecendo a lo largo de los últimos días. Resulta muy triste comprobar cómo, en el año 2012, se extiende tan claramente en la ciudadanía del país la sensación de vivir bajo condiciones propias más bien del siglo XIX o de la gran mayoría del XX. Y, sin duda, así parece ser. Hoy en día, sobran las razones para sentirnos así, con índices de paro históricos, salarios que caen en picado, un éxodo masivo de jóvenes estudiados, más de 500 familias desahuciadas cada día, impuestos que se marchan rumbo a Zurich vía Berlín, rentas de dudoso origen que siempre han estado allá sin pasar por Las Palmas, Barcelona ni Madrid, gobernantes que legislan lo contrario a lo prometido, oposiciones políticas embarcadas en luchas de liderazgo o en banderas nacionales, jóvenes (y no tanto) con alternativas apaleados por policías, Iniciativas Legislativas Populares sin noticias y rechazadas sin entrar en ningún parlamento, modelos territoriales y representativos claramente caducados, jefes de Estado que nadie ha elegido compinchados con la corrupción más mundana, y un larguísimo etcétera.

La consternación, la indignación, el desánimo y la desconfianza son ya términos cotidianos en las crónicas del día a día. También en los caminos al trabajo o en las colas del paro. Pero, sobre todo, en las mesas, cada vez más circundadas, de nuestras abuelas, a la hora de comer; en los sofás frente al televisor, en muchas conversaciones de whatsapp o en los posts de facebook y twitter. Parecemos perdidos en nuestro desencanto, pero seguros de nuestra inquietud. Sin duda, hoy más que hace mucho tiempo, pero mucho menos que dentro de poco, hace falta hacer algo para aunar la agitación y encauzar la zozobra. Hace falta reclamar y fortalecer propuestas nuevas, discursos interesantes, diferentes y, desde luego, hacer lo que podamos para que los responsables de todo esto dejen de tomarnos el pelo. Hace falta, sobre todo, hacernos respetar, desenfundar ingenio y disparar un ¡basta ya!

martes, 16 de octubre de 2012

La alienación de la clase política

Hace días que llevo dándole vueltas al tema de mi próxima entrada en el blog. Tengo algunas inquietudes que me rondan y de las que me gustaría hablar, pero últimamente todas ellas se pueden identificar bajo la etiqueta de "políticas". Sin duda, parece que, en los tiempos que corren, es inevitable el cuestionamiento y posicionamiento sobre el status quo político español, con todas las comillas que los más o menos caprichosos le quieran poner a esta nacionalidad. Pero, además, opinar (como versa la intención de este blog), es en sí mismo, un acto político, independientemente del tema que se prefiera. Por tanto, he tomado la decisión de no asustarme por el cariz que ha tomado, más o menos espontáneamente, El Variscaso.

A colación de esta inquietud, me llama especialmente la atención que, desde hace unos meses, si no unos años, llevo oyendo hablar de un concepto que parece estar generando numerosas controversias. Se trata de la "clase política". De hecho, recientemente se ha convertido en el tercer problema más preocupante de España, tras el paro y la situación económica. Altas dioptrías serían necesarias si no fuéramos capaces de caer en la cuenta de relacionar los lados de este triángulo como temas, tanto en el fondo, como en la forma, indiscutiblemente interdependientes. La ciudadanía de este país, de una forma abrumadora, se ha puesto de acuerdo en señalar los males y sus responsables, con una coherencia sorprendente. En términos generales, nuestro problema es que no hay trabajo debido a una crisis económica causada o incontenida por los profesionales representantes de nuestro poderes públicos.

Últimamente ando leyendo y escuchando protestas, pataleos y reticencias a el empleo de este concepto que parece, más bien, una elaboración un tanto remilgada de la popular concepción transmitida bajo la etiqueta "los políticos". Curiosamente, la mayoría de las disidencias provienen precisamente de los ámbitos políticos profesionales, tanto de partidos gobernantes, opositores, como residuales. El argumento que se suele blandir es que no todos los políticos son iguales y que la "clase política" (o "los políticos") no es más que una construcción incierta que desvirtúa la buena fe de los (muchos o pocos) políticos honrados. También suelen tratar de deslegitimar el término apelando, como insinué en el primer párrafo, a que la vida social es consustancialmente política. Sorprendentemente, también muchos de estos políticos, a la par que critican con ahínco la entidad de esta clase, sostienen la existencia de la "clase obrera", "los poderosos", "los ricos" o "la iglesia". Por supuesto que hay políticos ladrones, mentirosos o trepas, y políticos honrados, sinceros o trabajadores, al igual que ricos generosos o avaros u obreros obedientes o rebeldes. Pero, al margen de sus maneras particulares de comportarse, tanto los ricos, como los obreros, los curas o los barrenderos aúnan características que los convierten en grupos particulares, como se afirmaría en una clase de primero de sociología.

Lo que hacen los políticos profesionales negando su condición colectiva es muy similar a lo que sucedería si las personas que se encuentran en las categorías que he nombrado trataran de desvincularse de sus circunstancias. Por supuesto que, durante las últimas décadas, han habido políticos que han ejercido sin escrúpulos su poder y otros que poco poder han conseguido, pero la condición que los identifica en la misma clase es dedicarse reconocida, y en algunos casos profesionalmente, a la política institucional. Cuando la ciudadanía los señala como problema, los señala a todos, pero no como "justos que pagan por pecadores", sino como expresión del descontento generalizado con el actual sistema político español, en cualquiera de sus estamentos. Los gobernantes han demostrado ser unos ineficientes, en el mejor de los casos, y unos despiadados tiranos, en los peores. Los opositores se presumen ineficaces en sus alternativas y, sobre todo, en su pedagogía. Los residuales, por definición, no son capaces de escuchar y comprender las inquietudes de las mayorías. En cualquier caso, a la hora de trabajar por hacer de nuestro mundo un lugar más habitable y fraternal, independientemente de su adscripción ideológica, han fracasado todos. Espero que, ante la crisis de confianza en "los políticos" y el exponencial crecimiento, en cambio, de las inquietudes políticas, muchos profesionales y vocacionales sean capaces de admitir sus errores y la necesidad de un cambio radical en el status quo de la toma de decisiones públicas y en su manera habitual de "hacer política". ¡Es su responsabilidad!


jueves, 27 de septiembre de 2012

La sombra de la estelada

Tengo muchos amigos catalanes. Siempre, desde que tenía siete años, he admirado la ciudad de Barcelona y más a su emblemático club deportivo. Llevo siete años viviendo en L'Hospitalet de Llobregat y, después de casi un tercio de mi vida habitando estos lares, también me siento en parte catalán. Por supuesto, entre otras muchas prácticas autóctonas, ya he almorzado con pa amb tomaquet, he aprendido el idioma de esta tierra, he visitado todas sus provincias, he cantado els segadors y he portado una senyera.

No sé cuántas cosas más hacen falta para formar parte de una idiosincracia, pero quizás ya he dado pasos suficientes para, al menos, ser primo lejano. Como a la mayoría de los catalanes, siento como propio el debate iniciado sobre el futuro institucional de Catalunya. En cierto sentido, también es una disyuntiva que emerge desde mi intimidad. Probablemente, muchos de mis amigos y vecinos compartan la necesidad de posicionarse, desde, tal vez, sus impulsos más 'sentidos'. Desde luego, parece que 'pertenecer' a una bandera es un asunto que va más allá de la política institucional, entra en el ámbito de la política de lo íntimo, del quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Desde mi adolescencia, he venido admirando el recurrente orgullo con el que se suele enarbolar el valor de la diferencia en este país, sobre todo en su capital, Barcelona, habitualmente con escasos prejuicios hacia la vanguardia. Siempre me ha atraído la capacidad que tienen en esta tierra para crear, recrear y promocionar su 'desdibujada' identidad. Catalunya me inspira a pensar en una España habitada y sostenida precisamente sobre la diferencia y, como no, sobre el respeto, la libertad, la justicia y la igualdad. Me pone feliz la idea de otra España, donde cada uno de sus pueblos pueda sentir el orgullo de ser diferente y, a la vez, de compartir gran parte de sus rasgos con los vecinos más cercanos. Por supuesto, me gustaría una España con Catalunya, y no trazar más fronteras en Europa. Sin embargo, entiendo a quien pueda sentir la necesidad o la ilusión de instalar la estelada en el Parlamento Europeo o las Naciones Unidas, a pesar de que estas instituciones se estén presumiendo insuficientes hoy en día. También a mí me emocionaría ver elevar la bandera canaria (especialmente la de las siete estrellas) sobre un asta internacional. Pero, a pesar de mis aspiraciones identitarias más emotivas, creo que las banderas nacionales no hacen justicia, ni necesariamente igualdad y, ni mucho menos, libertad. 

Muestra de ello ha sido la moribunda legislatura que ha dirigido CiU en este país. Un partido que llegó al Palau de la Generalitat con el lema de ser "la luz al final del túnel" de una crísis económica que no acababa sino de comenzar, durante estos dos años no ha evitado dejar las arcas públicas sin liquidez, que suba el paro aceleradamente, que sus centros educativos y hospitalarios públicos se deterioren sin remedio, y tampoco que las ya exageradas diferencias entre los más ricos y el resto de las personas aumenten cada vez más. También ha sido pionero en el fomento del control policial más castrense, no ha dudado en aporrear las cabezas de los jóvenes y no tan jóvenes cuando han dicho NO, ha dejado indefensa a miles de familias ante esta enfermiza escalada de desahucios ejecutados por parte de bancos y cajas de ahorro sospechosas y en ruinas, se ha mostrado ineficiente en evitar que crezca como nunca la pobreza, etc.

Aún así, cual chivo expiatorio más rastrero, el señor Artur Mas y sus allegados han culpado de su sistémico fracaso, en un principio, a los adversarios políticos y, ahora, a sus vecinos, especialmente a los del sur. El soberanismo que trata de abanderar CiU no es más que una cutre y vil cortina de humo mediática que busca hablar de banderas y no de desigualdad, de injusticias o, simplemente, del deterioro económico e institucional al que han conducido a Catalunya sus políticos de primera fila. Se avecinan unas elecciones meticulosamente avanzadas y parece que, más que nunca, solo la senyera y la estelada serán sus protagonistas. ¡Qué lástima!