martes, 11 de diciembre de 2012

Cambios

Durante los últimos siete años he estudiado en la Universitat Autónoma de Barcelona. Recuerdo que hubieron muchas cosas que me sorprendieron al llegar al Campus, procedente de una Facultad de Sociología, en la Universidad de La Laguna, que ocupaba un piso del edificio en el que, mayoritariamente, se daban clases de Derecho. Algunas de las cosas que me llamaron la atención fueron las pintas de los alumnos y la de los profesores, la diversidad de idiomas que se hablaba en el césped y en sus aulas, la cantidad de aulas de informática y, por supuesto, el constante olor a tabaco y marihuana que se solía respirar en sus pasillos y, especialmente en las cafeterías. El bar de la plaça cívica estaba constantemente lleno de humo y, singularmente, en los meses de invierno, aquello parecía una discoteca sin música (de la época del free smoke). Cuando aprobaron la primera ley anti-tabaco, recuerdo haber pensado: "por mucha ley que aprueben, aquí en la Universidad será imposible". Hoy es muy poco probable encontrarse a alguien fumando en los pasillos y hasta en la cafetería. Y para que este cambio ocurriera, no fue necesaria la presencia de ningún policía, ni la imposición de sanciones de ningún tipo, ni muchos carteles, ni tan siquiera la existencia de algún grupo anti-humo. Parece como si esa ley, poco a poco, funcionara sola.

Sin duda, este dato forma parte de esos intereses que la Psicología Social no debiera despistar. ¿Cómo es posible cambiar nuestros comportamientos y pareceres más rutinarios cuando ningún aparato represivo claro nos obliga o nos alienta? Desde luego, como a la hora de conducir un coche, la existencia de normas no basta. Los habitantes de la Universitat Autònoma de Barcelona no dejaron de humear la cafetería por la simple aprobación de una ley anti-tabaco. Por analogía, la existencia de la propiedad intelectual y de las numerosas campañas publicitarias y legislativas en contra del intercambio no autorizado de datos digitales, no impedirá su crecimiento y normalización. Tampoco una gran proporción de catalanas y catalanes que recién celebraron la Eurocopa de la Selección española de fútbol, o las medallas de los Juegos Olímpicos, no pasaron a declararse independentistas ni por una manifestación, ni por el aliento de un President que ha gestionado nefastamente Catalunya. Y mucho menos, la ciudadanía española ha dejado de confiar en las instituciones del país, en los políticos que las ocupan y los medios de comunicación y las clases dominantes que las exhortan porque disponga de mucho menos dinero en unos bancos de dudosa calificación.

Si durante las últimas décadas del siglo pasado el humo dominaba los espacios cerrados y los platós de televisión, las industrias del cine y la música acumulaba capitales alrededor de unas pocas corporaciones vendiendo discos, VHS, DVDs,... Si en el año 1992 l'Estadi Lluís Companys ovacionaba la entrada triunfal del príncipe Felipe como abanderado del equipo olímpico español. Y si en aquellos tiempos, cada 6 de diciembre era la fiesta de la Constitución, hoy, a pocas semanas de acabar el 2012 (y hasta el Mundo según Mel Gibson), todo esto suena a blanco y negro. Recientemente, el barómetro del CIS de noviembre ya destaca que hay una inmensa mayoría de personas en España que creen insuficiente el actual modelo democrático diseñado a partir de 1978 y más de la mitad no están satisfechas con la Constitución aprobada ese mismo año. Desde luego, cambios como estos, veloces, pero contundentes, no tienen su origen simplemente en uno, dos o veinte eventos concretos, ni en una lista ingeniosa de nuevas normas. Tal vez, cuando comienzan a haber razones, circunstancias, sensaciones, ganas, palabras y aparatos para cambiar, solo un empujoncito basta para dudar de la legitimidad y el decoro de lo normal, deseando nuevos escenarios donde actuar. Veremos en qué quedará la olla que hirvió el 15 de mayo de 2011 y que parece que, no muchos meses después, ya ha comenzado a pitar.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Hacer algo

Hace poco tuve una conversación con una amiga acerca de la Huelga General convocada en España para el 17 de noviembre. Alguien le preguntó si la secudaría y ella contestó que no. A todos los presentes nos sorprendió la virulencia con la que contestó y con la que expuso algunos argumentos. Uno de ellos era muy claro: "no servirá para nada." También otro era aún más contundente: "no puedo si quiero conservar el puesto de trabajo."

Al acabar la conversación comencé a sentir una consternación que ha ido in crecendo a lo largo de los últimos días. Resulta muy triste comprobar cómo, en el año 2012, se extiende tan claramente en la ciudadanía del país la sensación de vivir bajo condiciones propias más bien del siglo XIX o de la gran mayoría del XX. Y, sin duda, así parece ser. Hoy en día, sobran las razones para sentirnos así, con índices de paro históricos, salarios que caen en picado, un éxodo masivo de jóvenes estudiados, más de 500 familias desahuciadas cada día, impuestos que se marchan rumbo a Zurich vía Berlín, rentas de dudoso origen que siempre han estado allá sin pasar por Las Palmas, Barcelona ni Madrid, gobernantes que legislan lo contrario a lo prometido, oposiciones políticas embarcadas en luchas de liderazgo o en banderas nacionales, jóvenes (y no tanto) con alternativas apaleados por policías, Iniciativas Legislativas Populares sin noticias y rechazadas sin entrar en ningún parlamento, modelos territoriales y representativos claramente caducados, jefes de Estado que nadie ha elegido compinchados con la corrupción más mundana, y un larguísimo etcétera.

La consternación, la indignación, el desánimo y la desconfianza son ya términos cotidianos en las crónicas del día a día. También en los caminos al trabajo o en las colas del paro. Pero, sobre todo, en las mesas, cada vez más circundadas, de nuestras abuelas, a la hora de comer; en los sofás frente al televisor, en muchas conversaciones de whatsapp o en los posts de facebook y twitter. Parecemos perdidos en nuestro desencanto, pero seguros de nuestra inquietud. Sin duda, hoy más que hace mucho tiempo, pero mucho menos que dentro de poco, hace falta hacer algo para aunar la agitación y encauzar la zozobra. Hace falta reclamar y fortalecer propuestas nuevas, discursos interesantes, diferentes y, desde luego, hacer lo que podamos para que los responsables de todo esto dejen de tomarnos el pelo. Hace falta, sobre todo, hacernos respetar, desenfundar ingenio y disparar un ¡basta ya!

martes, 16 de octubre de 2012

La alienación de la clase política

Hace días que llevo dándole vueltas al tema de mi próxima entrada en el blog. Tengo algunas inquietudes que me rondan y de las que me gustaría hablar, pero últimamente todas ellas se pueden identificar bajo la etiqueta de "políticas". Sin duda, parece que, en los tiempos que corren, es inevitable el cuestionamiento y posicionamiento sobre el status quo político español, con todas las comillas que los más o menos caprichosos le quieran poner a esta nacionalidad. Pero, además, opinar (como versa la intención de este blog), es en sí mismo, un acto político, independientemente del tema que se prefiera. Por tanto, he tomado la decisión de no asustarme por el cariz que ha tomado, más o menos espontáneamente, El Variscaso.

A colación de esta inquietud, me llama especialmente la atención que, desde hace unos meses, si no unos años, llevo oyendo hablar de un concepto que parece estar generando numerosas controversias. Se trata de la "clase política". De hecho, recientemente se ha convertido en el tercer problema más preocupante de España, tras el paro y la situación económica. Altas dioptrías serían necesarias si no fuéramos capaces de caer en la cuenta de relacionar los lados de este triángulo como temas, tanto en el fondo, como en la forma, indiscutiblemente interdependientes. La ciudadanía de este país, de una forma abrumadora, se ha puesto de acuerdo en señalar los males y sus responsables, con una coherencia sorprendente. En términos generales, nuestro problema es que no hay trabajo debido a una crisis económica causada o incontenida por los profesionales representantes de nuestro poderes públicos.

Últimamente ando leyendo y escuchando protestas, pataleos y reticencias a el empleo de este concepto que parece, más bien, una elaboración un tanto remilgada de la popular concepción transmitida bajo la etiqueta "los políticos". Curiosamente, la mayoría de las disidencias provienen precisamente de los ámbitos políticos profesionales, tanto de partidos gobernantes, opositores, como residuales. El argumento que se suele blandir es que no todos los políticos son iguales y que la "clase política" (o "los políticos") no es más que una construcción incierta que desvirtúa la buena fe de los (muchos o pocos) políticos honrados. También suelen tratar de deslegitimar el término apelando, como insinué en el primer párrafo, a que la vida social es consustancialmente política. Sorprendentemente, también muchos de estos políticos, a la par que critican con ahínco la entidad de esta clase, sostienen la existencia de la "clase obrera", "los poderosos", "los ricos" o "la iglesia". Por supuesto que hay políticos ladrones, mentirosos o trepas, y políticos honrados, sinceros o trabajadores, al igual que ricos generosos o avaros u obreros obedientes o rebeldes. Pero, al margen de sus maneras particulares de comportarse, tanto los ricos, como los obreros, los curas o los barrenderos aúnan características que los convierten en grupos particulares, como se afirmaría en una clase de primero de sociología.

Lo que hacen los políticos profesionales negando su condición colectiva es muy similar a lo que sucedería si las personas que se encuentran en las categorías que he nombrado trataran de desvincularse de sus circunstancias. Por supuesto que, durante las últimas décadas, han habido políticos que han ejercido sin escrúpulos su poder y otros que poco poder han conseguido, pero la condición que los identifica en la misma clase es dedicarse reconocida, y en algunos casos profesionalmente, a la política institucional. Cuando la ciudadanía los señala como problema, los señala a todos, pero no como "justos que pagan por pecadores", sino como expresión del descontento generalizado con el actual sistema político español, en cualquiera de sus estamentos. Los gobernantes han demostrado ser unos ineficientes, en el mejor de los casos, y unos despiadados tiranos, en los peores. Los opositores se presumen ineficaces en sus alternativas y, sobre todo, en su pedagogía. Los residuales, por definición, no son capaces de escuchar y comprender las inquietudes de las mayorías. En cualquier caso, a la hora de trabajar por hacer de nuestro mundo un lugar más habitable y fraternal, independientemente de su adscripción ideológica, han fracasado todos. Espero que, ante la crisis de confianza en "los políticos" y el exponencial crecimiento, en cambio, de las inquietudes políticas, muchos profesionales y vocacionales sean capaces de admitir sus errores y la necesidad de un cambio radical en el status quo de la toma de decisiones públicas y en su manera habitual de "hacer política". ¡Es su responsabilidad!


jueves, 27 de septiembre de 2012

La sombra de la estelada

Tengo muchos amigos catalanes. Siempre, desde que tenía siete años, he admirado la ciudad de Barcelona y más a su emblemático club deportivo. Llevo siete años viviendo en L'Hospitalet de Llobregat y, después de casi un tercio de mi vida habitando estos lares, también me siento en parte catalán. Por supuesto, entre otras muchas prácticas autóctonas, ya he almorzado con pa amb tomaquet, he aprendido el idioma de esta tierra, he visitado todas sus provincias, he cantado els segadors y he portado una senyera.

No sé cuántas cosas más hacen falta para formar parte de una idiosincracia, pero quizás ya he dado pasos suficientes para, al menos, ser primo lejano. Como a la mayoría de los catalanes, siento como propio el debate iniciado sobre el futuro institucional de Catalunya. En cierto sentido, también es una disyuntiva que emerge desde mi intimidad. Probablemente, muchos de mis amigos y vecinos compartan la necesidad de posicionarse, desde, tal vez, sus impulsos más 'sentidos'. Desde luego, parece que 'pertenecer' a una bandera es un asunto que va más allá de la política institucional, entra en el ámbito de la política de lo íntimo, del quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Desde mi adolescencia, he venido admirando el recurrente orgullo con el que se suele enarbolar el valor de la diferencia en este país, sobre todo en su capital, Barcelona, habitualmente con escasos prejuicios hacia la vanguardia. Siempre me ha atraído la capacidad que tienen en esta tierra para crear, recrear y promocionar su 'desdibujada' identidad. Catalunya me inspira a pensar en una España habitada y sostenida precisamente sobre la diferencia y, como no, sobre el respeto, la libertad, la justicia y la igualdad. Me pone feliz la idea de otra España, donde cada uno de sus pueblos pueda sentir el orgullo de ser diferente y, a la vez, de compartir gran parte de sus rasgos con los vecinos más cercanos. Por supuesto, me gustaría una España con Catalunya, y no trazar más fronteras en Europa. Sin embargo, entiendo a quien pueda sentir la necesidad o la ilusión de instalar la estelada en el Parlamento Europeo o las Naciones Unidas, a pesar de que estas instituciones se estén presumiendo insuficientes hoy en día. También a mí me emocionaría ver elevar la bandera canaria (especialmente la de las siete estrellas) sobre un asta internacional. Pero, a pesar de mis aspiraciones identitarias más emotivas, creo que las banderas nacionales no hacen justicia, ni necesariamente igualdad y, ni mucho menos, libertad. 

Muestra de ello ha sido la moribunda legislatura que ha dirigido CiU en este país. Un partido que llegó al Palau de la Generalitat con el lema de ser "la luz al final del túnel" de una crísis económica que no acababa sino de comenzar, durante estos dos años no ha evitado dejar las arcas públicas sin liquidez, que suba el paro aceleradamente, que sus centros educativos y hospitalarios públicos se deterioren sin remedio, y tampoco que las ya exageradas diferencias entre los más ricos y el resto de las personas aumenten cada vez más. También ha sido pionero en el fomento del control policial más castrense, no ha dudado en aporrear las cabezas de los jóvenes y no tan jóvenes cuando han dicho NO, ha dejado indefensa a miles de familias ante esta enfermiza escalada de desahucios ejecutados por parte de bancos y cajas de ahorro sospechosas y en ruinas, se ha mostrado ineficiente en evitar que crezca como nunca la pobreza, etc.

Aún así, cual chivo expiatorio más rastrero, el señor Artur Mas y sus allegados han culpado de su sistémico fracaso, en un principio, a los adversarios políticos y, ahora, a sus vecinos, especialmente a los del sur. El soberanismo que trata de abanderar CiU no es más que una cutre y vil cortina de humo mediática que busca hablar de banderas y no de desigualdad, de injusticias o, simplemente, del deterioro económico e institucional al que han conducido a Catalunya sus políticos de primera fila. Se avecinan unas elecciones meticulosamente avanzadas y parece que, más que nunca, solo la senyera y la estelada serán sus protagonistas. ¡Qué lástima!

lunes, 30 de julio de 2012

La pelota, los idiotas y la imaginación

Por estos días se cumplen 12 años del fallecimiento de Domingo Domínguez Luís, una persona suspicaz y genial en lo público y simplemente excelente en lo privado. Alguien que ilustró y cuidó a las personas que lo rodean con tal de saciar su gran vicio: la amistad. Fue un segundo padre para mí y hoy me gustaría compartir un artículo que escribí para el libro "Desde aquel árbol que se mueve", publicado en 2010 con motivo del décimo aniversario de su desaparición. Es un pequeño homenaje con el que quise recordar su figura y su condición humana más íntima...

lunes, 2 de julio de 2012

Crónica de otro fiasco

El pasado domingo 24 de junio, el CD Tenerife certificó su permanencia en la 2ª División B del fútbol español, perdiendo por 1 a 2 ante la Ponferradina, en el último partido de la fase de ascenso a 2ª A. Si ya fue una decepción enorme el descenso en dos años de la 1ª a la 2ª B, no ascender durante esta temporada ha sido una ecatombe muy difícil de digerir por parte del aficionado blanquiazul. Al día siguiente escuché numerosas críticas en los medios de comunicación y en la calle que arremetían contra casi todos: los jugadores, los entrenadores que pasaron por el banquillo durante esta temporada, el presidente del club, el Cabildo Insular, e incluso el propio Paulino Rivero. Es, sin duda, un episodio de crísis existencial de la institución, con una infraestructura planteada para el fútbol profesional, obligada a permanecer en una categoría semi-amateur, resulta difícil atinar en los responsables, porque todos forman parte del problema. Ahora, más que nunca, parece plantearse un futuro a la deriva.

Desgranar cómo se ha llegado a este punto será responsabilidad de los voceros e historiadores locales y ya veremos cuántas versiones leeremos. Lo que si parece evidente es que se ha seguido un modelo claro basado en contratación de jugadores en el mercado nacional que se estimaron adecuados para cada una de las tres categorías que ha ocupado el equipo en los últimos seis años de mandato del actual presidente del club: Miguel Concepción. Solamente en la temporada 2008-09 se demostró acertado, año en el que se consiguió ascender a Primera División. A partir de ahí, fiasco tras fiasco. A decir verdad, resulta un giro de tuerca esperpéntico a la política que han seguido los sucesivos presidentes blanquiazules, desde el propio Javier Pérez, conocido por ascender a primera división en dos ocasiones y otras tantas participaciones en la copa de la UEFFA, luego. Pero también por realizar los fichajes más caros de la historia del club y descender de la categoría de oro otro par de veces.

Hablando dos días antes del fatídico 24 de junio con un amigo que se está haciendo un especialista en operaciones bursátiles, discutíamos sobre la ética de la especulación. Para no desplegar todos los argumentos de esta conversación y así no aburrir al lector, simplemente diré que extraí como corolario que especular no tiene por qué ser malo en sí mismo. Uno puede esperar éxito de una inversión arriesgada si, con un conocimiento adecuado, se tiene la certeza de que su empresa prosperará. La historia reciente del CD Tenerife puede ser un buen ejemplo de una mala especulación, más bien ensoñación. No solo durante esta temporada que ahora termina, sino a lo largo de los últimos 20 años cuanto menos, los dirigentes del club y los otros tantos jerifaltes que lo respaldan económica y políticamente, han creído firmemente en la creación de un equipo profesional que ilusione a la afición tinerfeña. Y, en efecto, frente a la metáfora de la construcción, más adecuada para otras maneras de concebir un equipo de fútbol, llámense Barcelona, Athletic de Bilbao, incluso Sevilla, Real Sociedad o Betis; en Tenerife siempre se ha insistido en la pura creación de una escuadra  de fichajes competitivos, olvidando una base de jugadores criada y educada en el club. Sin una estructura de cantera que soporte la continuidad sostenible de un proyecto, las plantillas blanquiazules han reproducido el vaivén financiero de los burgueses chicharreros. En determinadas bonanzas salió bien, durante la mayoría del tiempo no tanto y, últimamente, fatal. Se ha especulado a golpe de talonario y se ha marginado el potencial de los jóvenes canarios. Ahora ni tenemos equipo, ni cantera y, si me apuran, ni futuro.

Algo similar ocurre con la propia sociedad canaria. Siendo en la actualidad una de las Comunidades Autónomas con más paro del Estado Español, fuimos, hace poco, quien más o quien menos, capaces de sacar pecho de una prosperidad que hoy en día se ha demostrado superflua y pasajera, carente de bases económicas sólidas, llevadas a cabo olvidando claramente el largo plazo. En lugar de cantera hablaremos de jóvenes sin empleo (más de la mitad), cuando decíamos fichajes, ahora diremos obras faraónicas, identidad en lugar de colores y Gobierno en el de Consejo de Administración. De esta manera, tal vez, podríamos ilustrar más nítidamente qué personajes se reparten las responsabilidades de ambos descalabros. Quizás sus despachos no anden muy alejados.


martes, 5 de junio de 2012

Días feriados

El miércoles pasado, día 30 de mayo, se celebró el que el oficialmente se designa como "Día de Canarias". En el Estado Español es costumbre y ley celebrar, durante el año, días oficiales de sus Comunidades Autónomas. Canarias es una de ellas, definida como nacionalidad en su Estatuto de Autonomía "en el marco de la unidad de la Nación española". Lo curioso de España es que es un país en el que el día en el que solemniza su unidad no se suele festejar mucha cosa. Lo habitual es que los días autonómicos sean más sentidos y celebrados que el del propio del conjunto del Estado. Es más, lo natural es leer numerosas consignas contra ese día: el 12 de octubre. Curiosidades de los matices que distinguen las naciones de sus nacionalidades.

En Canarias, el 30 de mayo suele ser un día tan conmemorado como criticado si, sin irnos más allá, atendemos a las entradas que solemos hacer muchos de los canarios en las redes sociales virtuales durante la jornada. Leí opiniones y vítores misceláneos, pero tendientes una polarización clara entre encantados y críticos. Los comentarios encantados expresaban orgullo y los críticos vergüenza de celebrar este día. El orgullo parecía generalmente fundamentarse sobre la oportunidad de exaltar los típicos rasgos atribuídos a la canariedad: el trabajo, la alegría, el sol, los volcanes, el mar, la arena, el timple y los bosques. La vergüenza estaba sustentada por el caracter colonial e impopular de la conmemoración.

Como hasta la fecha no tenía muy claro por qué era este día y no otro el designado oficialmente para celebrar nuestra canariedad, indagué un poco y caí en la cuenta en que se recordaban dos efemérides. Por un lado, oficialmente se conmemora la primera sesión del Parlamento de Canarias en 1983, presidido por Pedro Guerra Cabrera (padre del célebre cantautor Pedro Guerra). Por otro lado, cae la extraña coincidencia de que el 30 de mayo de 1481 Teneso Remidán, Guanarteme de Tamarán-Canaria (actual isla de Gran Canaria), firma la rendición de todas los pueblos de las Islas Canarias a los Reinos de las Españas, ante Fernando el Católico -rey de Aragón- en el pacto de Calatayud. Los críticos afirman que es humillante celebrar lo que claramente es el símbolo de la derrota de la población aborigen canaria ante los colonizadores europeos. Afirman, por tanto, que celebrar el día de Canarias en esta fecha constituye una fiesta colonialista. Pero yo no veo ningún problema en celebrar una derrota. En Catalunya, por ejemplo, la Diada Nacional catalana es el 11 de septiembre, día en que Barcelona se rinde ante la invasión borbónica en la Guerra de Sucesión. Por estos lares, tanto el más soberanista, como el que menos, siente y expresa la satisfacción de festejar el nacimiento de la nacionalidad catalana como respuesta a la opresión monárquica. Lo que si encuentro grave en Canarias es la desvinculación que se hace de la fecha y sus razones. Sin duda, un festejo tan señalado y trascendente para un pueblo debería dejar claro su origen, tal y como lo hacen los estadounidenses con su día de acción de gracias, los mexicanos con su grito o los catalanes con su diada. Tal vez, así sería mucho más fácil ponernos de acuerdo.